Acá reúno todos los artículos que he escrito para Belelú y algunas cosas más. Soy periodista y fanática del cine y la moda. Mi sueño es escribir un día para Vogue.

martes, 22 de mayo de 2007


Un poco de acción...

...en un bar de mala muerte

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¡Ái, ui, mmm, aaa! Gemía enferma de caliente mientras el chico musculoso y fibroso, me cogia “A la vuelta”, un bar universitario de mala muerte. El lugar era estrecho, estábamos fundiéndonos en el pequeño baño sucio y descuidado.

Todo comenzó con unas miradas extrañas, él era mi amigo de la vida. Nos conocíamos hace años y jamás nos habíamos visto con otras intenciones que no fueran de amistad.

Esa tarde, salí temprano de clases y mis amigas me invitaron a tomar unas chelas. Llegamos al bar, nos sentamos en la mesa de siempre y pedimos una ronda de exquisitas y refrescantes cervezas. Fumamos un caño de esos bien nombrados “premier”. Mi cuerpo comenzó a reaccionar con el maravilloso efecto del THC. Primero los pies, luego los muslos, el tronco y la cabeza, todo en mi estaba volado.

Súbitamente mi celular sonó, ring, ring. Era él, el chico musculoso, lleno de fibra que me buscaba para un poco de acción.

-¡Ven pa’ acá, está la cola!- Le conté.

-En media hora nos vemos- prometió.

Pasados los treinta minutos, estaba plantado a mi lado. Un par de chelas, unas miradas lujuriosas y quedó la cagá.

Gracias a las chelas y los caños, mi personalidad afloró. Me acerqué a él y le susurré al oído – ¿Acompáñame?-

Sin despertar sospecha, nos levantamos de la mesa y le indiqué el baño de mujeres. Sonrió con un dejo de picardía. Entramos, juntamos la puerta y nos abalanzamos uno sobre el otro. Lengua, carne y pasión era la tónica del momento. – ¡Máscame, máscame!- le decía. – ¡Te masco, te masco!- me respondía.

Comenzamos a llegar al clímax y los gemidos subían de tono. Entonces, cuando estaba en lo mejor de mi orgasmo, la puerta que nos separaba de la realidad se abrió y una señora de traje gritó:-¡Aaaaaaaaaaa! ¡Perdónenme, no era mi intención! Y salió horrorizada por la escena que había presenciado. Nos reímos hasta más no poder, pero seguimos hasta acabar en un tierno y romántico abrazo.

sábado, 7 de abril de 2007





Un esmalte, un vaso y un secreto



Los litros de cerveza llenaban mi estomago y turbaban mi mente. En mi mano derecha había un esmalte de uñas rojo y en la izquierda una vaso a medio tomar del rubio elixir. Pensaba y analizaba el porque de lo ocurrido, pero aún no tenía una respuesta clara. A mí alrededor se escuchaban los murmullos de los ebrios, cantando, gritando y golpeando las mesas.

El esmalte comenzó a cubrir mis uñas. Una por una las fui tiñendo. Mientras lo hacía, de reojo observaba a un chico que usaba un pañuelo rojo en el cuello y se hallaba solo en la mesa que estaba frente a la mía. Él también me acechaba hacia un buen rato.

Al terminar con las uñas, mis ojos se clavaron en él y los de él se posaron en mí. Sentí un ligero escalofrío recorriendo mi cuerpo. Volví a bajar mi cabeza y miré el vaso que ahora no tenía ni rastro de cerveza. Me sentí despojada de lo único que me hacía olvidar el dolor que sentía en mi corazón y mi mente.

-¿Todo se acabó?- pensé. Ya no hay qué tomar ni a quién amar. El chico del pañuelo rojo no me sacaba los ojos de encima. No tenía más dinero y aún no me resignaba a entender lo que había ocurrido. Me dolía todo el cuerpo, mis uñas estaban astilladas y rotas, pero el esmalte las vestía de seda.

De un segundo a otro, el chico del pañuelo rojo se levantó de su silla y sin apartar sus ojos de mis uñas se acercó caminando lento a la mesa donde me encontraba ebria y abatida.

-Te estaba observando y veo que estas sola, ¿me puedo sentar contigo?- preguntó.
–¡Has lo que quieras!- respondí.

Tomó una silla, se sentó y me miró fijo. Nuevamente un escalofrío recorrió mi cuerpo. –¡¿Me podrías decir que es lo te llama tanto la atención?!- le pregunté con bastante prepotencia.

Sus mejillas se enrojecieron. Sus manos temblaron. Sus sentimientos afloraron.

-Yo a ti te conozco- me dijo sin ningún filtro.
El corazón me estalló de tan sólo pensar que alguien pudiera reconocerme, entonces tomé mi esmalte de uñas rojo y mi abrigo. Me levanté de la silla y corrí hacia la salida.